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Formar el gusto es resistir

  • Foto del escritor: Daniel Vargas
    Daniel Vargas
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Hay una brecha que todo creador conoce: la distancia entre lo que imagina y lo que puede hacer. Entre su criterio y su ejecución. Entre el gusto y el talento.


Tinta china: Mariza Marques Barbosa
Tinta china: Mariza Marques Barbosa

Esa brecha es incómoda, persistente, a veces paralizante. Pero también es un síntoma sano: significa que tenemos una visión. Que hemos sido expuestos a lo bueno, lo complejo, lo bien hecho. Que sabemos distinguir.


Como escribió Ira Glass, "tu gusto es lo que te metió en esto". El problema es que al comienzo, el trabajo que haces no está a la altura de ese gusto. Y muchos abandonan ahí.


Pero hay otra forma de mirar esta distancia: no como una falla, sino como una consecuencia inevitable de que el gusto —esa sensibilidad, ese criterio— se forma primero. Y no por talento innato, sino por exposición, repetición, hábito.


El gusto no nace, se entrena


La filosofía, la psicología y la sociología coinciden en esto:


David Hume decía que el juicio de gusto se perfecciona como cualquier habilidad: practicando, comparando, aprendiendo a mirar.


Dewey entendía que el gusto depende del entorno: lo que consumimos, tocamos, habitamos. Si queremos buen criterio, debemos cuidar el contexto.


Bourdieu lo explicaba como habitus: un sistema de disposiciones adquiridas socialmente. Aprendemos a gustar lo que hemos visto repetidamente.


Incluso Nietzsche: hay que aprender a gustar, como se aprende a ver.


Por eso no hay brecha sin historia. El gusto nos llega antes que el talento porque es más pasivo: se forma mientras miramos. El talento, en cambio, requiere hacer.


Tal vez lo más difícil de aceptar es que, durante un tiempo, sabremos ver mejor de lo que sabremos crear. Y sin embargo, ese saber ver también es un acto de creación.


¿Y qué pasa cuando el mundo se cae?



En 1939, en pleno estallido de la Segunda Guerra Mundial, dio un sermón a estudiantes de Oxford. La pregunta era: ¿Tiene sentido estudiar, pensar o escribir mientras hay bombas cayendo? ¿No es como "tocar el violín mientras arde Roma"?


Su respuesta fue clara: sí, tiene sentido. Más que nunca.


“La guerra no crea una situación nueva. Solo agrava la constante. Siempre hemos vivido al borde de una crisis. Siempre ha sido irracional aplazar lo importante esperando tiempos seguros.”


Y entre esas cosas importantes está el aprendizaje. El criterio. El gusto.


Porque si lo abandonamos —si dejamos de leer, de crear, de pensar con precisión— entonces no solo perdemos el tiempo: perdemos la brújula. El caos exterior se vuelve interior.


Quizás lo esencial no es crear grandes obras bajo presión, sino no dejar de afinar el instrumento. A veces, lo más revolucionario que podemos hacer es preservar la atención.


Practicar el gusto es una forma de resistencia


Sostener el gusto, incluso cuando no podemos ejecutar todo lo que imaginamos, incluso cuando el entorno no lo permite, es un acto ético.


Porque nos obliga a discernir lo que vale.


Porque preserva la complejidad frente a la simplificación.


Porque rechaza lo vulgar no desde la superioridad, sino desde la exigencia.


Como diría Agamben, practicar el gusto es mantenerse humano bajo presión. No dejar que la lógica de la urgencia borre la lógica del sentido.


Y tal vez también sea una forma de amor. Una forma de decir: sigo cuidando lo que importa, aunque nadie esté mirando.


¿Para qué sirve tener buen gusto si aún no tenemos el talento para igualarlo?

Sirve para no hacer concesiones. Para no conformarse. Para no dejar de intentar.


Porque el gusto es una disciplina.


Y la disciplina, como sabemos, es lo único que no se improvisa.


En tiempos donde todo parece urgencia, conservar el gusto es conservar una forma de pensar el futuro. De seguir caminando con los ojos abiertos. De construir, aunque sea en silencio, una estética de la conciencia.

 
 
 

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